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  Huracanes, ola de destrucción

28 de octubre de 2005

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Desplazados
La muerte es colorida, festiva y risueña
Huracanes, ola de destrucción
Peña Pobre
Tania Libertad
La Piedra del sol

 

El Nacional/9 de julio de 1993

 

 ANGÉLICA BELTRÁN

            De acuerdo a estudios metereológicos especializados efectuados en México por organismos públicos, en aguas nacionales se registran en promedio 24 huracanes anualmente, de los cuales 12 corresponden al Pacífico y el resto al área del Atlántico o del Golfo de México. Muestreos comparativos realizados entre 1952 y 1977 permitieron conocer que la zona del Golfo de Tehuantepec, donde se originó el huracán “Calvin”, es tres veces más activa que otras áreas en las que nacen ese tipo de meteoros.

             Sin embargo, aún cuando los registros citan un mayor número, en la memoria de los pobladores costeños del litoral del Pacífico han quedado grabados los efectos de cinco huracanes que arrasaron con docenas -¿miles? – de viviendas y bienes en cerca de un centenar de comunidades ribereñas, ocasionando también pérdidas humanas de sus seres queridos. El de más triste memoria se registró en 1959 y dejó un saldo de dos mil muertos en los estados de Jalisco, Colima y Michoacán. Empero, hay otros de menor intensidad, que también quedaron grabados en sus mentes.

             Los huracanes que afectan directa o indirectamente a México tienen cuatro zonas matrices o de origen, y en ellos aparece distinto grado de intensidad que va creciendo a medida que progresa la temporada, que se extiende desde los últimos 10 días de mayo hasta la primera quincena de octubre.

             Existe la circunstancia de que los meteoros finales, en general, son potentes, y no retornan por sus fases iniciales como los meteoros que pasan de sistemas lluviosos a depresiones y luego a tormentas tropicales y finalmente a huracanes, de acuerdo a la explicación ofrecida por el Centro de Previsión del Golfo de México, con sede en Veracruz.

             La primera zona matriz es la del Golfo de Tehuantepec. Esta, por lo general, se activa en la segunda semana de mayo y marca el inicio de la temporada de lluvias en nuestro país, que es concomitante con la actividad ciclónica, influyendo sobre el suroeste del Golfo de México. Según refirió dicho Centro, los que se forman de julio en adelante por lo regular describen una parábola, que por la forma del litoral del pacífico mexicano, les hace viajar paralelos a la costa.

             Estos, al tomar la primera rama de su trayectoria ocasionan lluvias torrenciales a las costas de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Colima y Jalisco. En la segunda, penetran a tierra al norte de Cabo Corrientes, afectando los estados de Nayarit, Sinaloa, Sonora y el extremo sur de la península de Baja California.

             La segunda zona matriz aparece en la porción suroeste del Golfo de México, en las cálidas aguas que forman la llamada Sonda de Campeche, y entra en acción en la primera quincena de junio. La tercera tiene como sede el caribe Oriental, y se presenta en el mes de julio, invadiendo la región insular de las pequeñas Antillas, formando huracanes de gran recorrido y potencia extraordinaria, especialmente entre agosto y octubre, llegando a cruzar la península de Yucatán, afectando los estados de Tamaulipas y Veracruz.

             Por último, la cuenca queda en la porción Atlántica, al sur de las islas de Cabo Verde y ocurre a fines de julio o en agosto. Estos son los huracanes de mayor recorrido y potencia. Aparecen en el Caribe y penetran al Golfo de México, con trayectoria parecida a los de la tercera zona matriz, afectando a las islas Bahamas y a las Bermudas.

             Entre los huracanes que han sido registrados por el Servicio Metereológico Nacional y que han dejado graves secuelas en el país en las últimas cuatro décadas se recuerda en 1955 la presencia de tres huracanes en el Golfo de México, -uno llamado Gladis, otro Hilda y finalmente Jannet- que afectaron la porción norte de Veracruz y el sur de Tamaulipas. En el Pacífico, hubo uno, a mediados del año 1959 –casi nadie recuerda su nombre- que causó destrozos de gran magnitud, debido principalmente a la falta de sistemas de alerta previa e información sobre tormentas tropicales o ciclones.

            En la actualidad estos fenómenos se prevén por medio de barómetros que registran la cercanía del anticiclón que antecede al ciclón, y también por las señales que presenta la naturaleza: las aguas del mar se mueven en diferentes direcciones, las olas se elevan por encima de lo normal alcanzando de cuatro a diez metros de altura, el cielo en el horizonte se torna oscuro y cubierto de espesas nubes de bordes cobrizos, y se dejan oír fuertes truenos.

             El huracán es un viento tropical que gira a modo de torbellino a una velocidad promedio de 150 kilómetros por hora o más, aunque ya desde los 118 kilómetros por hora es considerado dentro de dicha categoría. Los de intensidades menores son llamados “tormentas tropicales”.

            Ahora bien, el huracán, como tal, se origina en las zonas de calmas tropicales entre los 8 y 15 grados de latitud de ambos hemisferios. Casi todos se mantienen alejados de las costas y sus efectos negativos se limitan a pocos lugares, pero en ocasiones entran a tierra y causan grandes desastres.

 Los ciclones o huracanes presagian tormentas y desastres, y aunque en algunas zonas del país los pobladores están acostumbrados a este tipo de meteoros, el temor ante los daños siempre está latente, no obstante las medidas de seguridad que se adopten.

 Los huracanes registrados en el Pacífico han afectado en mayor o menor grado a los estados de Colima, Jalisco, Baja California Sur y Guerrero. No obstante que sus efectos benefician los cultivos y al ganado, también acarrean daños materiales y pérdidas humanas. Recordemos, por ejemplo, el ciclón  “Tara”, que en 1961 borró del mapa al pueblo de Naxco en Guerreo, o el “Arlene” y “Katherine”, que en 1967 ocasionaron el desbordamiento del lago de Chapala en Jalisco.

 Contrariamente a esos casos, en Baja California Sur el huracán es considerado generalmente como  “una bendición” porque trae consigo las esperadas lluvias después de una larga sequía –de hasta 15 meses- y refresca la atmósfera que antes de éstos se mantenía a temperaturas de hasta 40 grados centígrados.

 Sin embargo, en ocasiones estos fenómenos sobrepasan en mucho la necesidad de agua y humedad que requieren las poblaciones y causan múltiples destrozos. En Baja California Sur, en 1973, un huracán inundó la ciudad de La Paz y dejó a miles de personas damnificadas. Las olas del mar se elevaron a cuatro metros e invadieron sorpresivamente casas y calles dejando a millares de sudcalifornianos sin hogar y un saldo de por lo menos 400 muertos.

 El huracán que pasó por Colima en 1959 registró, tan sólo en el puerto de Manzanillo, 200 muertos. La gran mayoría murió al quedar sepultada por el fango o golpeada por derrumbes en sus hogares; el puerto, casi en su totalidad, quedó devastado.

 El 27 de octubre de 1959 es una fecha que no olvidarán los pobladores de las costas de Colima: ese día, vientos huracanados a una velocidad de 200 kilómetros por hora arrasaron con casas, árboles y postes. Testigos cuentan cómo techos de lámina volaban por los aires y la población corría despavorida en busca de un sitio donde refugiarse y salvar sus vidas, mientras una torrencial lluvia caía por toda la costera.

 En el resto de la entidad, las precipitaciones pluviales alcanzaron los 600 milímetros, lo que en 24 horas ocasionó el desbordamiento de ríos. La llanura de Tecomán se convirtió en una gran laguna; ahí murieron ahogadas diversas familias, ranchos completos desaparecieron en medio de la furia de las aguas desbordadas.

 El pueblo de Minatitlán, localizado en la sierra de Colima, quedó prácticamente sepultado por un alud de lodo y roca, muriendo 250 personas de ese poblado de mil habitantes.

Los ciclones del Pacífico nacen por lo general en el Golfo de Tehuantepec, con abundancia de lluvias y vientos que varían de acuerdo a las velocidades, que fluctúan entre los 150 y 200 kilómetros por hora.

 Este año, el huracán “Calvin” se presentó nuevamente n las costas del Pacífico, donde causó estragos principalmente en los estados de Oaxaca, Guerrero y Colima, aunque no de la misma magnitud  que los registrados en el lapso citado.

En la época prehispánica los mayas consideraban a los huracanes como el corazón del cielo, dios del rayo y del trueno, y el que provoca los vientos y las tempestades.

De acuerdo al Popol Vuh, su libro sagrado, los espíritus creadores de la tierra y el hombre, el relámpago y el trueno, se fusionaban para dar origen al huracán, el que representaba a su vez la fertilidad.

 El valor onomatopéyico del vocablo impresionó a los españoles a su llegada a América, y por tal motivo lo adoptaron en su propio lenguaje a su regreso a Europa. En la actualidad se conserva esa imagen fonética original en los cinco continentes y guarda el mismo significado que le dieron los maya-quiché.

 “Calvin” hizo revivir esa leyenda. Afectó a Oaxaca, Guerreo, Michoacán, Colima y Jalisco. Sólo que ahora, ese “corazón del cielo” comenzó a perderse en las aguas turbulentas del Pacífico…

 

     

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